Con el Premio de Teatro Clásico «Odiseo y Penélope», que se desarrolla en el incomparable marco del Festival de Teatro Clásico de Mérida, la Cátedra Vargas Llosa entra en uno de los territorios que Mario Vargas Llosa, uno de los creadores esenciales de nuestro tiempo, vivió de manera más intensa: el teatro. Como siempre contó, fue su primera pasión de juventud, descubierta gracias a «La muerte de un viajante», de Arthur Miller, que una compañía argentina llevó al Perú en los años cincuenta. Solía asegurar que si Lima hubiese tenido un movimiento teatral más activo, probablemente habría sido dramaturgo antes que novelista, y fue tanto su empeño que, en 1952, cuando apenas tenía dieciséis años, escribió «La huida del Inca», un drama en tres actos que contaba los últimos días del emperador Atahualpa y que llegó a estrenarse en el teatro «Variedades» de Piura, interpretado a sala llena por sus compañeros del colegio. Como si fuera un amuleto, Vargas Llosa llevaría toda su vida un programa de esa velada guardado en la billetera, amarillento, cuarteado y con la tinta mermada por el paso del tiempo. Sigue leyendo aquí.